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  • 6 abril, 2016

         El orgullo humano es una forma de vanidad que lleva a la valoración desmedida de uno mismo. Desde lo alto de la torre artificial que ha construido nuestra imaginación, la realidad se contempla diferente a cómo la ven los que se mueven a pie de calle. A ras de suelo, los mortales nos movemos rodeados de dudas, necesitamos indicadores y hemos dado la bienvenida al GPS porque es tanto como tener a mano la tabla de salvación para no perdernos por caminos desconocidos.

         Total que el GPS (Global Positioning System) se ha convertido en el consejero seguro de los automovilistas. No es ninguna afirmación descabellada decir que también debemos contar con otro u otros navegadores para que nuestras decisiones sean acertadas y no actuemos alocadamente.

         Un buen consejero es un experto en navegación, alguien que ha braceado en alta mar y salvado tormentas porque lleva a bordo razones para mantenerse a flote.

         Los que practican senderismo se sirven de la brújula para no extraviarse y tener que llamar al 112; los caminantes del asfalto contamos con las calles señalizadas, los mapas de la ciudad, y, muchas veces, un municipal a mano para cualquier consulta. Todo se complica cuando las preguntas que me acompañan son inquietantes porque tocan las fibras del alma o pueden determinar mi futuro. La solución no es tirar los dados al azar. El counseling intenta facilitar la resolución de problemas, fomentar el desarrollo y la utilización del potencial de la persona.

         Un buen consejo – sin actitudes cargantes ni paternalistas – puede ser una luz en la penumbra, una palabra sabia que estimula y orienta. Quien encuentra una persona capaz de confianza por la cordura y el acierto de sus consejos, tiene un seguro de confianza. Necesitamos esos consejeros maestros espirituales que –en expresión del profeta Daniel– “brillen como estrellas perpetuas del firmamento” (Dan 12, 3).