M.3
  • 18 abril, 2016

         Entre los humanos el perdón es costoso y, con frecuencia, extraordinario. El desprecio no es perdón y tampoco la indiferencia. No es cristiano el perdón que se concede lastimando la dignidad del que lo recibe. Perdonar es renunciar a toda venganza y a toda sensación de superioridad.

         El perdón total va unido al olvido de la ofensa recibida, pero no siempre están en nuestras manos olvidar. Aunque no se consiga el olvido, hay que amar a quien nos ha ofendido, recuperar la comunicación con la mayor normalidad, mansedumbre y discreción posibles. En el gesto de perdonar puede haber formas o actitudes que resulten humillantes.

         Es frecuente escuchar la expresión “perdono, pero no olvido”. El perdón es voluntario, el olvido no tanto. Ocurre como con las heridas. Llega un momento en que se cierran y desaparece el dolor, pero queda la marca de una cicatriz que tarda en borrarse o perdura para siempre. Lo grave es ocupar tiempo en mirar esa marca porque puede llevarnos a repasar una historia desagradable, un enfrentamiento que abrió distancias y enfrió la relación. El perdón no borra la huella del agravio. Solo Dios es un desmemoriado que olvida todas las ofensas y perdona hasta prescindir de toda contabilidad.

         Una consideración final. ¿Es que supone alguna ventaja tener enemigos? Es tanto como mantener en el corazón una zona donde mantenemos una lista de nombres tachados. Algo tan peligroso como vivir con un arsenal dentro de nosotros para utilizarlo no sabemos cuándo. Más bien, tendríamos que ocuparnos en distribuir generosamente el título de amigos. Es un camino que facilita el ejercicio continuo y sin condiciones del perdón.