M.4
  • 25 abril, 2016

           Los ricos también lloran.

         Así se titulaba una telenovela de capítulos infinitos, producida en México para Televisa, exportada a más de 150 países y doblada a diferentes lenguas. ¿Quién no ha llorado alguna vez? ¿Quién no ha reprimido las lágrimas por miedo a que le llamen blando? Las penas humanas son innumerables porque unos días te duele el cuerpo y otros el alma. No es impensable que un día el dolor físico pueda ser vencido. Pero, ¿y el dolor del espíritu no siempre fácil de explicar?

        La tristeza es un estado indefinible de malestar íntimo producido por nuestros fracasos o porque uno se siente abrumado por la visita de la desgracia. Cualquier forma de derrota puede llevarnos a la tristeza, pero también está la tristeza indefinida que nos empapa como una lluvia mansa.

          “Hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír”, dice el libro del Eclesiástico. Es la gráfica de la vida misma. Paralelamente, hay un tiempo para sufrir con el que sufre y alegrarse con el que se siente feliz. Llorar con los que lloran es arte difícil porque la compasión nunca podrá ser total y perfecta. Consolar al triste es lograr meterse en la piel del otro. Un intento que muchas veces se queda en puro deseo porque no hay mesa común para compartir el pan de la tristeza y de las lágrimas; cada uno ha de morderlo a solas en su rincón. Hay dolores y estados de tristeza que solo compartiéndolos pueden ser aliviados. Como si su peso hubiera que dividirlo entre más de una persona para evitar que resulte insoportable.

         El sufrimiento y la tristeza siempre nos golpean, pero si alguien nos ofrece su mano o su hombro, es posible que no nos derribe y tampoco pueda segar nuestra esperanza.