IX 1
  • 6 junio, 2016

            “Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, que es muy útil y humilde y preciosa y casta” escribe san Francisco de Asís en su conocido Cántico de las criaturas. El agua es vida y una tierra esteparia es la imagen de la muerte. Todos sabemos qué es la sed, aunque haya sido una experiencia pasajera y no el tormento de pasar días y días sin poder humedecer los labios. A nadie se le puede negar un vaso de agua. La interpretación sería que hay derechos y necesidades básicas que no se pueden rebatir. La realidad, sin embargo, contradice las afirmaciones más indiscutibles.

            Hoy habría que traducir de forma más amplia la obra de misericordia “dar de beber al sediento”, porque alguien podría decir que en cualquier fuente pública se puede uno refrescar. El agua, además de una sustancia líquida compuesta de hidrógeno y oxígeno, es una metáfora de las aspiraciones humanas más profundas. Hay que cavar en el propio pozo, ahondar dentro de nosotros mismos para descubrir el tesoro de nuestra interioridad, el recinto personal de la verdad, del amor, del espíritu, de Dios.

            Un periodo largo sin lluvia produce sequía y los humedales –que son indispensables por los beneficios que aportan y porque mitigan el cambio climático– se agrietan y convierten en campos desérticos. Algo parecido sucede cuando el ser humano vive en la superficie y jamás ha sentido el rumor ancho y sostenido de sus propios sentimientos, nunca ha sentido brotar ese manantial de bondad, de belleza y de verdad que es como la compañía íntima de un ángel compasivo.

            Sin ese manantial interior, la vida propia es puro asfalto y es imposible que uno sea un surtidor de agua viva para los demás.