M.2
  • 11 abril, 2016

         Quien ponga en duda la afirmación de que todos nos equivocamos, no es que haya superado un prejuicio humano sino que vive en un gran error. Somos despistados, olvidadizos, maquilladores de la verdad, responsables a media jornada, mal calculadores, inconstantes, zalameros, interesados, aduladores, comodones, presumidos… Los hombres y las mujeres 10, las superwoman y los superman llega un día que comienzan a tener arrugas en el rostro y nada de volar por los aires para esquivar los problemas de encontrar una plaza de aparcamiento.

         Todos falibles, exagerados, imprecisos, perezosos y poco rigurosos en nuestros relatos. Nos equivocamos al hablar y nos equivocamos al actuar. Siempre los errores ajenos destacan más, tienen mayor volumen. Se cumple la advertencia evangélica de ser capaces de descubrir la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro.

         La corrección es un imperativo de amistad. Puede no importarme que un desconocido lleve manchado el vestido, pero ¿si es un amigo o una amiga? ¿Puedo mirar para otro lado cuando un amigo vive esclavizado por el alcohol o colecciona fracasos académicos porque sus tardes son una sucesión de películas? Hay silencios respetuosos y hay silencios cómplices. Si soy incapaz de estirar mi brazo o llamar a un socorrista para intentar salvar a un amigo naufrago, estoy pervirtiendo la amistad y mi comportamiento solo puede calificarse de ruin.

         Un pecado corporativo –que es tanto como una responsabilidad que se diluye entre todos– es no sentirnos afectados por la conducta de los demás y asistir, pasivamente, a la destrucción de quienes nos rodean. La corrección es una forma de amar, la más necesaria, la que solo puede ofrecer la persona que nos ama de verdad.