El Bosque De La Serenidad Ampliacion
  • 3 mayo, 2016

         Sufrir con paciencia las molestias de la vida, más que es una obra de misericordia suena a una llamada al realismo. Viajar en el Metro tiene algo de parábola de la vida. Unas veces cómodamente sentados, otras de pie; apretujados casi hasta el agobio y sin poder liberarnos de algún pisotón involuntario o más desahogados y leyendo tranquilamente unos minutos porque todavía no han anunciado la estación donde vamos a abandonar el vagón. La falta de aseo personal, los empujones innecesarios, las voces estridentes, la falta de detalles elementales de educación se palpa a todas las horas y en todas las líneas. ¿Vamos a golpear nuestra cabeza contra la pared?

         Con la cara áspera de la vida hay que contar como con los días de lluvia. “Los hombres no son islas”, escribió Thomas Merton, y son inevitables los pequeños roces, las diferencias de opinión…A pesar de todo, hay que contradecir abiertamente a Sartre porque el infierno no son los otros. Gracias a los otros –que somos todos– es posible la amistad y la convivencia. El precio del amor es la comprensión y el perdón.

         Felizmente, este mundo imperfecto está concebido para los seres imperfectos que lo habitamos. Lo que sea arrogancia o autosuficiencia es pura representación. La gente es frágil y acercarse con mano blanda a los demás es ejercer la misericordia. La misericordia tiene apariencia de una palabra dulzona, pero la misericordia, como la compasión, exige talla humana, sensibilidad crecida. Confesar la propia fragilidad ni nos achica ni empaña nuestra imagen. Más bien lo contrario, valoramos y nos sentimos cómodos cuando estamos ante personas con las que se pueden cruzar gestos y palabras frágiles de ida y vuelta. Es la madura ingenuidad de quien cree en los demás, se siente necesitado de misericordia y, a su vez, invitado a ser misericordioso.