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  • 17 mayo, 2016

         Este mundo nuestro, además de superpoblado y distinto, es manifiestamente contradictorio. La fotografía completa muestra imágenes de pobres y ricos, de cuerpos musculosos y esqueletos vivientes, de ciudades lujosas y chabolas mugrientas. Un mosaico en el que nada falta y sobran muchas cosas.

         Nos levantamos cada mañana a golpe de despertador. Unos van hacia el lugar de trabajo, otros deambulan de acera en acera y de esquina en esquina con la mano tendida para poder llevarse algo de comer al estómago.

          Hay hombres y mujeres que triunfan, otros pueblan las habitaciones de los hospitales. En una maternidad se oye el llanto de un niño que se asoma a la vida y en la sala de un tanatorio una familia llora la muerte de uno de los suyos.

         El éxito y el fracaso, la victoria y la derrota formando parte del argumento único de la vida. No siempre el pan y la alegría están bien repartidos y hay noticias que son auténticos latigazos sobre el alma.

        Como humanos y como ciudadanos de un mismo mundo, tenemos que “orar por los vivos y difuntos”. La tierra que ocupamos está habitada de personas desconocidas que amasan y cuecen el pan durante la noche, limpian las calles, preparan la apertura de los mercados y la edición de los periódicos… Son seres desconocidos, pero imprescindibles. Junto a ellos, el inventor de la bombilla, de la cámara de fotos, de la penicilina y de los clips que ya murieron hace tiempo. Rezar por los vivos y difuntos, los que me aman o me amaron sin conocerme porque pensaron en el progreso humano, es el mejor homenaje de agradecimiento.