VII
  • 23 mayo, 2016

         Aunque no sea fácil separar el alma y el cuerpo, siempre nos movemos en una visión dual del ser humano. Como si fueran dos piezas separadas y autónomas. Llevar un brazo escayolado es algo visible, un estado personal de preocupación o un sentimiento de culpa, en cambio, pueden pasar desapercibidos. Por eso un domingo por la tarde los estadios de fútbol, abarrotados de público, pueden reunir a multitudes solitarias que buscan en el espectáculo deportivo la evasión de sus problemas internos.

         La enfermedad física es una de las debilidades que no se puede camuflar. Sobre todo esas enfermedades con etiqueta alarmante que obligan a pasar por un centro hospitalario o a la clausura domiciliaria. Visitar a los enfermos es una obra de misericordia “corporal”. Desafortunada definición porque las ayudas corporales las proporciona la medicina y si la visita al enfermo es una visita sin alma, se reduce a puro formalismo.

         ¿Qué le podríamos llevar al enfermo? ¿Unas flores, una caja de bombones? ¿Le apetecerá leer algún libro para acortar esas largas horas de soledad? En vez de encargar un obsequio envuelto en papel de regalo, hay que prepararse para saber estar, desterrar todas las frases hechas, huir del amplio listado de juicios moralizantes que comienzan por el “tienes que…”, como si no supiéramos decir unas palabras con remite propio o, simplemente, ofrecer un momento de silencio mientras se aprieta una mano.

         Una clave importante en la visita al enfermo está en la empatía y la compasión. El corazón humano –dice Maurice Blondel– se mide por su capacidad para acoger el sufrimiento. La compasión – sufrir juntos – supone participar en la experiencia del necesitado, del que sufre, es una actitud que va unida al estremecimiento y la misericordia.

         Ante la enfermedad, los dos grandes regalos son la empatía y la compasión. Hay, también, un lenguaje de los gestos más elocuente que las palabras. El cuerpo puede sufrir diferentes enfermedades, el corazón muestra, a veces, heridas que esperan ser vendadas con la mirada o el suave ungüento de la caricia.