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  • 30 mayo, 2016

         La escena de alguien buscando comida en un contenedor de basura parece impropia del siglo veintiuno y denuncia dos realidades escandalosas: que hay personas que tiran alimentos y a otras les falta el sustento diario. En la práctica, parece que admitamos pasivamente que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos, denuncia el Papa Francisco (Laudato si, 90). En el mismo documento, se pregunta el Papa: ¿Cómo puede interesarnos dar de comer al hambriento, si nuestra obsesión es estar pendientes de comprar y consumir?

         Cuando a una persona le falta el pan, su cuerpo enflaquece. También puede adelgazar nuestra propia dignidad humana si, por sistema, nos colocamos de espaldas a todas las campañas y todas las acciones solidarias. Hay un trío maldito –comprar, poseer y consumir– que puede crecer en nosotros como un monstruo y devorar nuestra sensibilidad. Frente a la ansiedad consumista que a todos nos amenaza, necesitamos desarrollar un espíritu sereno que nos lleve a descubrir las necesidades de los demás. Esas hambres que solo se sacian con el pan, el cariño, la cultura, la escucha. No hace falta salir a la Calle Princesa o a la Gran Vía para encontrar hambrientos, aunque no tiendan su mano suplicante. “No hay ninguna enfermedad tan temible como la soberbia”, predicaba san Agustín a sus fieles de Hipona (Sermón 14, 2). La primera consecuencia de la soberbia es que produce ceguera y, aunque vivamos rodeados de personas necesitadas, nuestros ojos están incapacitados para leer la vida de los demás.

         ¡Qué desgracia pasar sin corazón por el mundo y, ante las hambres y pobrezas cada día más diversificadas, responder con la indiferencia y el desprecio! Es la vieja historia de Caín: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9).