Los Suenos Los Ninos Refugiados Sirios 1458134228459
  • 13 junio, 2016

         No hay nadie que sea extranjero en la casa común de la humanidad cada vez más globalizada. A no ser que nos dediquemos a trazar rayas divisorias, a levantar muros de separación sobre el mapa del mundo o a recordar las páginas más vergonzantes de la historia.

         Llevamos un tiempo sufriendo un escalofrío al ver las imágenes de los hombres y mujeres de la Cruz Roja recibiendo pateras o la escena, todavía más trágica, recogiendo cadáveres en cualquier playa. Es el drama de los inmigrantes que salen de sus países huyendo de la guerra, de la violencia y la indignidad.

         Una cosa es hacer el Camino de Santiago con el sueño de caminar unos días para abrazar al apóstol, y otra el camino desconocido y arriesgado hacia la libertad con un hatillo sobre la cabeza y un niño en el regazo o cogido de la mano. Al peregrino jacobeo le pueden mover razones espirituales, artísticas, la aventura…el inmigrante busca la supervivencia.

         Ser extranjero, inmigrante o forastero, es ocupar una tierra que no es tuya, acurrucarse –no se sabe hasta cuándo– en la tienda de campaña de un campamento de refugiados o un albergue a la espera de no se sabe qué. Así un día y otro, pendientes de unos papeles o de una resolución de la ONU, errantes en busca de una tierra arada y fértil o del retorno ansiado al paisaje que les vio nacer.

         Cerca de cada uno de nosotros puede haber el dolor silenciado de los que –a pesar de vivir bajo el mismo techo– se sienten excluidos. Desde el día que se cruza por primera vez la puerta del Colegio hasta el final de curso, el ejercicio de la acogida cordial es un imperativo de convivencia.