XI
  • 20 junio, 2016

         Cubrir unos centímetros más o menos nuestro cuerpo –arquitectura perfecta de huesos y de músculos y manojo de costumbres– es un tema básicamente cultural. La desnudez física es fácilmente remediable. Ahí está la labor ejemplar de tantos roperos de Cáritas que distribuyen prendas de todas las tallas y para todas las edades.

         Algo mucho más grave que no vestir al desnudo es el desnudar al vestido. Por ejemplo, cuando a alguien se le despoja de sus derechos, su dignidad, su fama, o cuando –más allá de una natural atracción física– solo se ve en el cuerpo femenino o masculino una carne apetecida.

         Es frecuente encontrar voceros de los defectos de los demás. Se amparan en la verdad de su relato. Como si los errores y limitaciones de los otros pudieran ser aireados sin ningún reparo. Decir que la verdad siempre se puede hacer pública es una afirmación viciada. ¿Quién no conoce el lado menos soleado de quienes viven a nuestro lado? La verdad no puede anular el respeto, mucho menos la caridad. La desnudez de los demás –ese equipaje de limitaciones y desaciertos que todos llevamos como una segunda piel– hay que cubrirla con el manto de la caridad.

         Hay quienes se sitúan ante las personas como ante un cuadro y su afán es descubrir si hay algún ángulo borroso, un trazado poco preciso. También hay quienes se empeñan en pintar de purpurina lo que es oro. Un afán por rizar el rizo que es muy propio de los detractores de todo, de los afectados por una hinchazón de crítica y de presunción.

         Los santos han sido intolerantes ante la maledicencia, la murmuración, la fiebre de las habladurías. San Francisco de Sales dice que la lengua del murmurador es homicida porque es una forma de agresión a los demás.