XII.3
  • 27 junio, 2016

          Se celebra este año el 400 centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. El hidalgo Alonso Quijano, dice a su escudero Sancho en la genial obra Don Quijote de la Mancha: “Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida”.

            Nadie duda de que el ser humano, apenas comienza a ser autónomo, se convierte en un defensor de su libertad. Es una corona regia que pesa sobre nuestras sienes pero que nadie rechaza a llevarla porque sería tanto como perder el título y el tesoro más valioso. Paradójicamente, el hombre verdaderamente libre es aquel que ha sabido liberarse del deseo de libertad y centra su vida en el amor.

            Si todo lo humano tiene una medida limitada, también la libertad. Entre otras cosas porque la vida es un combinado donde hay que articular libertades –la propia y la de los otros– y se puede producir la colisión que lleve a la sentencia judicial. Hay centros penitenciarios en los que viven, temporalmente, quienes están privados de algunas libertades. En teoría, son instituciones pensadas para que, cumplida la pena justa, las personas, puedan volver a la convivencia libre.

            Por más connotaciones que pueda tener la palabra recluso, detrás de este adjetivo siempre hay el sustantivo hombre o mujer. La sentencia de un juez no priva a nadie de su dignidad humana y tampoco dispensa de la misericordia. Quienes tenemos nuestra vivienda fuera de los muros penitenciarios, podemos compaginar la libertad con la atadura a pesadas cadenas que asfixian nuestra voluntad: ordenadores, tablets, móviles, alcohol… Personas maniatadas que viven en la cárcel de sus adicciones y esclavitudes.

            Si no cuidamos en el recinto de nuestra interioridad la vocación de ser libres, podemos vivir en una situación de perpetua fuga, apuntados a una carrera de velocidad sin meta, a una competición de consumo sin freno. La distancia entre la libertad y la esclavitud es la correspondiente a un folio de canto.