Adecuada
  • 4 julio, 2016

           La última de las obras de misericordia corporales es “Enterrar a los muertos”. Pocas realidades tan innegables como la muerte y cuántos rodeos e intentos inútiles por borrar su nombre y excluirla de la escena diaria. Es un tránsito obligatorio que se está frivolizando. En una sociedad de mirada corta e insensible ante la discapacidad, sobran los muertos y la despedida –que es, al mismo tiempo, anuncio de un futuro reencuentro– muchas veces está desprovista de honor y de ternura.

            Un hombre o una mujer que fallece no es una fruta caída, una máquina averiada sin posible arreglo que hay que desechar, y los cementerios no son el “punto limpio” de las ciudades para depositar los cadáveres. El cuerpo humano muerto es –en bella expresión de Francisco de Quevedo– “polvo enamorado”, depósito de una historia, de las ilusiones prendidas en cada edad, un peregrino que inicia el último y gran viaje.

            La muerte se aprende en cada adiós definitivo y, aunque la fe y la esperanza sean don faros de luz, nuestra sangre protesta y cada despedida hace brotar un brusco temblor. El poeta leonés Antonio Colinas escribe: “Para el que sabe ver siempre, habrá al final del laberinto una puerta de oro”. Sabe ver siempre quien ha recibido el regalo inmenso de la fe. La muerte sin fe es una noche sin fin, un túnel no iluminado, el punto final de una biografía. Hay otro modo de interpretar y de vivir la muerte. Con idéntico vértigo, pero con la certeza de que Dios nos cruza el abismo en sus brazos.

            Hay prisa por enterrar a los muertos cuanto antes y se abrevian los rituales de despedida, esa presencia última del ser querido con quien hemos amado tanto.

            La muerte es una asignatura pendiente de nuestra sociedad. Como también lo es aprender a enterrar a nuestros muertos digna y amorosamente. En el mundo del amor no hay nunca despedidas, solo hay encuentros y el recuerdo del ser amado crece con la distancia en un rincón secreto del propio corazón.