Alejandro Almarcha (30)
  • 21 mayo, 2015

     La Pascua de Pentecostés es, de las tres Pascuas del calendario cristiano,  la más ignorada. Salvo en tierras de Huelva que se asocia a la romería mariana de la Blanca Paloma camino del Santuario almonteño de El Rocío.

     Entre los aromas de azahar, las temperaturas primaverales y la proximidad de los exámenes finales, se diluye la Pascua del Espíritu que es el cumpleaños  de la Iglesia y memoria de la presencia de Jesús en nosotros  como  la savia que alimenta y hacer crecer nuestra vida.  El santo español san Juan de Ávila escribe con el lenguaje precioso del siglo XVI: “¿No os ha acontecido tener vuestra ánima seca, sin jugo, descontenta, llena de desmayos, desganada y como que no le parece bien cosa ninguna? Y estando en este descontento, viene un airecico santo, un soplo santo, un refresco que te da vida, te anima y te hace volver en ti y te da nuevos deseos, te hace hablar palabras y hacer obras que tú mismo te extrañas. Eso es el Espíritu Santo”.

     Si se ignora qué es peregrinar hasta el propio corazón y uno permanece insensible a la vida que se encierra dentro de nosotros, no es fácil comprender qué es  eso del mundo espiritual. Hasta algunos  se atreven a decir que el ser humano está hueco por dentro. Quizá por eso hay quien ante uno de esos crueles varapalos de la vida, devuelve el billete de haber nacido  y escoge la muerte como solución ante el enigma del dolor o del fracaso inesperado.

     El año 1997, Daniel Goleman ha recordado algo que ya habían dicho pensadores antiguos: la estructura básica del ser humano no es la razón, sino la emoción, el amor. Somos, primariamente seres de pasión, de empatía, y sólo después de razón. Se abre así paso la llamada inteligencia espiritual que abarcaría la capacidad de trascendencia del hombre, el sentido de lo sagrado o comportamientos humanos como el perdón, la gratitud, la compasión… Es la vida según el Espíritu, la presencia callada de Dios en nosotros como huésped interior que nos ayuda a crecer y a actuar como personas.

     Una obra del escritor americano Tony Buzan titulada El poder de la inteligencia espiritual –convertida en superventas–, pretende explorar la naturaleza de la espiritualidad y asegura cómo desarrollando este tipo de inteligencia podemos liberar tensiones, relacionarnos más profundamente con lo que nos rodean, desarrollar una actitud compasiva, descubrir formas de adquirir un mayor equilibrio,. En resumen que la espiritualidad no es alienación, sino situarse en el centro específicamente humano, en el núcleo más personal.