Hijo
  • 19 enero, 2016

       El Papa Francisco ha querido que 2016 sea Año de la Misericordia. No es un año más con apellido como puede ser el Año del agua o el Año Internacional de las Legumbres, recientemente proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

       Hablar de la misericordia es acercarse a una de las actitudes humanas y cristianas básicas. La sociedad contemporánea –a pesar de sus logros y conquistas– es consciente de su propia debilidad. Todos estamos expuestos a sufrir un amplio catálogo de heridas que provocan nuestro desvalimiento. No es la conclusión de una mirada hacia los demás, sino la confesión de una experiencia personal. El actor Christopher Reeve, encarnó en el cine el personaje de Superman, pero el 22 de mayo de 1995 su vida cambió para siempre. En un concurso de equitación que se celebraba en Virginia, al intentar superar un obstáculo cayó de cabeza y sufrió la fractura de la médula espinal. Desde entonces permaneció en una silla de ruedas hasta su muerte producida en 2004. Superman en silla de ruedas puede ser la metáfora del hombre contemporáneo. Víctor Frankl recordaba que “la esencia del hombre es ser doliente”. No hay más que aguzar el oído y se escucha el llanto de muchos hombres y mujeres que se sienten aplastados por las contrariedades de la vida.

       Tenemos la suerte de que Dios es, antes que cualquier otro título, misericordia sin límites y sin condiciones. Necesitamos la compasión de los demás para compartir el peso del sufrimiento, pero, sobre todo, la misericordia de Dios único capaz de sanar nuestro corazón y reconstruir nuestro equilibrio interior.

       El intento de eliminar el mal en el mundo tropieza con la libertad, la autonomía y los accidentes de la creación. Solo cabe una respuesta que va más allá de la empatía y de la compasión: la misericordia que es sinónimo de amor y de perdón. La misericordia de Dios nos persigue respetuosamente hasta cuando ensayamos lejanas aventuras.