• 4 noviembre, 2015

Si preguntáramos que esconde la palabra Universidad, las respuestas hablarían de centros de estudios superiores, Facultades o Escuelas Técnicas donde se investiga y adquieren conocimientos y destrezas especializadas.

Universidad también hace apunta a universo, universalidad, totalidad. Por lo tanto, todo lo contrario a recortar el mundo, la ciencia y la técnica para moverse únicamente sobre el espacio donde caben nuestros pies. Es universitario quien tiene una mirada amplia de la realidad, un ángulo de curiosidad intelectual abierto a todos los saberes, un deseo de acercarse a las experiencias que nos ayudan a crecer integralmente.

Hay que hacer este recordatorio en el arranque del curso porque se continúa repitiendo el tópico de que la fe y la Universidad son incompatibles. Algo así como si la fe religiosa fuera una prenda de abrigo que, al formalizar la matrícula, hubiera que colgarla de un perchero por innecesaria.

Todo lo que sea exclusión es atentar contra el auténtico espíritu universitario. Y si alguien piensa que la religión pertenece a una etapa infantil del desarrollo humano o es propia de mentes no cultivadas, que piense si Descartes, Pascal, Leibniz, Copérnico, Newton, Lincoln, Pasteur, Kierkegaard, Shakespeare, Dante, Tolstoy, Dostoyevsky, Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Dickens o Bach no ocupan un lugar destacado en la cartelera de los grandes de la historia.

Einstein publicó en 1930 un libro titulado En qué creo, donde confiesa: “La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquel a quien esta emoción le es ajena, que ya no puede maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado”.

Contraponer los términos universitario y creyente es poco universitario porque toda exclusión recorta la verdad y empobrece la vida humana.