Reda
  • 10 junio, 2015

     Estamos a un mes de las vacaciones. El curso es largo con periodos tensos y días en los que sobran preocupaciones y falta tiempo. Cuando en el calendario aparece la hoja de junio se piensa inmediatamente en la hora del descanso. Hay que cruzar, todavía, un pasillo estrecho lleno de fantasmas. Son los exámenes pero en el horizonte ya se atisba el paisaje verde o azul de las vacaciones. El verde con la perfección de tantos paisajes, el azul del mar que se estira a lo lejos hasta tocar el cielo. Todo menos unas vacaciones en blanco, que es tanto como hablar de la suma de horas vacías sorbiendo el veneno del aburrimiento y de la nada.

     El tiempo libre –si no es creativo–, se convierte en una tortura insufrible que termina por causar heridas en el espíritu. ¡Se pueden hacer tantas cosas en vacaciones! Es el cuatrimestre que yo puedo organizar, programar y completar con esas asignaturas vitales que ayudan a crecer como persona. Cada uno tiene que hacer su hoja de ruta personal para que no vayan rodando deprisa los días muertos y nos pongamos en septiembre con las manos vacías y el alma cansada.

     Nos alimentamos interiormente de encuentros y reencuentros. Encuentros con lo desconocido –algún viaje, alguna lectura, nuevos amigos…– y reencuentros con el entorno familiar, los padres, esas personas queridas que amamos desde la distancia y ahora podemos visitar. Hay un encuentro necesario que no exige desplazamiento físico y es el viaje hasta el fondo de nosotros mismos. Quizá ignoramos nuestro verdadero retrato y vivimos ignorándonos. O puede que hayamos pasado por alto la buena noticia de que en el fondo de nuestra intimidad más profunda habita Dios. Allí nos espera como un médico de guardia que tiene la especialidad  de escuchar, de perdonar y de sanar.